Carta apostólica «Dilecti Amici» de Juan Pablo II, en clave de esperanza

A lo largo del documento hay un mensaje de esperanza, en cuyo sentido, se va configurando el camino de la vida humana, en sus múltiples dimensiones, que no se agotan, y constituyen el principio de nuevos comienzos y finales, cual peregrinos en busca de horizontes lejanos.  En 1985 el Papa escribe a los y las jóvenes del mundo la C.A Dilecti Amici, con ocasión del Año Internacional de la Juventud; donde manifiesta que en los jóvenes está la esperanza de la Iglesia «En vosotros está la esperanza, porque pertenecéis al futuro, y el futuro os pertenece. En efecto, la esperanza está siempre unida al futuro, es la espera de los “bienes futuros”»[1] y es precisamente, esta espera de los bienes futuros, lo que abre espacio a la esperanza, tanto en el orden de las realidades temporales como de las realidades últimas del hombre[2].

Interpela a la juventud, con una pregunta existencialista, que ha de responder cada joven singular en lo más profundo de su conciencia, partiendo del hecho que las dimensiones del ser humano, no se limitan sólo a los objetos materiales o a cuestiones meramente temporales, sino que deja espacio para ir un poco más allá de lo visible y entendible, y que permite a la persona humana trascender el horizonte de sí mismo, cuando pregunta «¿Qué he de hacer para que la vida tenga valor, tenga sentido?» [3] Y ahonda en su inquietud, expresando como lo haría el joven del evangelio «¿qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?»[4]. Ante esta pregunta, orienta el pastor de la Iglesia su respuesta desde una perspectiva cristológica; partiendo que, en sí mismo, la pregunta ausculta un conocimiento profundo, pues cuando se trata de abordar la esencia que conecta lo temporal con lo atemporal, el espacio y el tiempo limitado con lo eterno e infinito, la vida con la realidad de la muerte; se revela que estas dimensiones ponen de relieve la perplejidad del ser humano frente a la trascendencia:

«Por tanto, si tú, querido hermano y querida hermana, quieres hablar con Cristo adhiriéndote a toda la verdad de su testimonio, por una parte has de «amar al mundo»; porque Dios «tanto amó al mundo, que le dio su Hijo Unigénito» (Jn 3, 16); y al mismo tiempo, has de conseguir el desprendimiento interior respecto a toda esta realidad rica y apasionante que es «el mundo». Has de decidirte a plantearte la pregunta sobre la vida eterna. En efecto, «pasa la apariencia de este mundo» (1Cor 7, 13), y cada uno de nosotros estamos sometidos a este pasar. El hombre nace con la perspectiva del día de su muerte en la dimensión del mundo visible; y al mismo tiempo el hombre, para quien la razón interior de ser consiste en superarse a sí mismo, lleva consigo también todo aquello con lo que supera al mundo».[5]

En la Carta Juan Pablo II, invita y compromete a los jóvenes, para que den razón de su esperanza a todo el que se la pidiera; recordando las palabras del Apóstol Pedro «Siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere»[6] 


[1] Juan Pablo II “Dilecti Amici” n. 1. https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/en/apost_letters/1985/documents/hf_jp-ii_apl_31031985_dilecti-amici.html

[2] Ibíd. «La espera de los bienes que el hombre se construirá utilizando los talentos que le ha dado la Providencia […] Como virtud cristiana ella está unida a la espera de aquellos bienes eternos que Dios ha prometido al hombre en Jesucristo»

[3] Ibíd., n. 5

[4] Ibíd.

[5] Ibíd.

[6] 1 Pe 3, 15

Fuente imágen: Vatican Media