Sentido hermenéutico de la esperanza en «Spe Salvi» de Benedicto XVI

El Papa avoca la esperanza desde el comienzo de su escrito, con una perspectiva de presente y a la vez confiere un sentido soteriológico, que se ubica en un espacio temporal-espacial de la realidad actual de la persona, que en su presente camina hacia una meta, pero en su caminar, encuentra dificultades, desafíos, que podrían desorientar o confundir, no obstante, el planteamiento de la meta constituye en sí mismo, un dínamo (Dúnamis en sentido bíblico) en cuya fuerza se encuentra el impulso vital no solo del punto de partida sino también del de llegada. «Una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta […] una meta que justifique el esfuerzo del camino […] partiendo de una esperanza fiable, que redime, que salva» [1]

En estas imágenes iniciales de la esperanza, el camino y la meta, se convierten en dos figuras o símbolos importantes de su reflexión, que requiere desde el presente proyectar un futuro, que es la meta, lo deseable, lo que anhela el espíritu humano, y encontrar un camino que concurra hacia ello, lo que plantea un desafío al caminante, ¿cuál es la meta más importante que podría guiar la vida misma? y ¿cómo llegar a esa meta, por qué caminos y qué se encontrará a su paso?. Con lo cual, se empieza a entender que el ser humano vive un presente proyectando un futuro, pero no sabe, desconoce, cómo acontecerá el futuro, entonces se encuentra frente a la incertidumbre y perplejo frente al inmenso universo, a la lejanía del camino, que le encuentra en medio de su pequeño espacio vital y de frente a su propia mortalidad y finitud. 

Partiendo entonces de estos planteamientos y haciéndose la pregunta, a partir del pensamiento Paulino con la frase «en esperanza fuimos salvados» [2] se cuestiona el Papa ¿de qué género ha de ser esta esperanza para poder justificar la afirmación de que, a partir de ella, y simplemente porque hay esperanza, somos redimidos por ella? Y, ¿de qué tipo de certeza se trata? Desarrolla entonces, su discernimiento sobre este tema, que orienta y dilucida en el Espíritu humano la realidad de la esperanza, que es la realidad misma de Dios, como un camino que nos acerca a una meta, y que, pese a las sombras y asperezas propias de ese recorrido, se tiene la fuerza para llegar hasta el final.

En la búsqueda de respuestas a las anteriores preguntas formuladas, el Papa se orienta a la Fe como fuente de esperanza, y punto de partida; acudiendo para ello a las Sagradas Escrituras:

«En efecto, « esperanza » es una palabra central de la fe bíblica, hasta el punto de que en muchos pasajes las palabras « fe » y « esperanza » parecen intercambiables. Así, la Carta a los Hebreos une estrechamente la « plenitud de la fe » (10,22) con la « firme confesión de la esperanza » (10,23). También cuando la Primera Carta de Pedro exhorta a los cristianos a estar siempre prontos para dar una respuesta sobre el logos –el sentido y la razón– de su esperanza (cf. 3,15), « esperanza » equivale a « fe »[3]

En los textos neotestamentarios del corpus Paulino, se van encontrando respuestas, que desde el testimonio de los primeros cristianos, se iba forjando una realidad vital humana, que se avocaba a Dios, como fuente de salvación, pero también como fuente de consolación y protección, sobre todo en un contexto histórico de persecución de los cristianos por parte del imperio.  No obstante, a encontrar un entorno también politeísta, de un pueblo que quizás, se encontraba al límite de sus aspiraciones marchitas, con múltiples confesiones de fe, y por consiguiente como recuerda Benedicto, citando a Pablo y antes de Cristo estaban sin Dios, no tenían en el mundo «ni esperanza ni Dios»[4]

El escenario de desconcierto del pueblo, su caminar en medio de sombras y a punto de caer al vacío, eran los ingredientes que suscitaban el despertar de una nueva esperanza; esto es, cómo una condición de sufrimiento y angustia, que quitaba la libertad y enajenaba el alma, habría misteriosamente un destello de luz inesperado que impactaba directo al corazón y la mente, ante el deseo de ser salvados, sanados y restaurados en el presente y les extendiera un puente que les augurara un mejor futuro.

La conexión entre presente y futuro, que establece el Papa, permite entender que sin presente no hay futuro; lo que es muy importante para la economía de la salvación, en cuanto no se puede habitar un futuro sin vivir un presente, no se puede ser salvado sino se siente perdido, no se puede encontrar algo sin antes buscarlo «Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente […]. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva» [5]

Hundiendo sus raíces en el cristianismo primitivo, encuentra el Papa luces para dar a conocer sus planteamientos sobre la redención en la esperanza, recordando el testimonio de la santa Bakhita y llevándolo a la época de los primeros cristianos, donde su acontecer previo a su conversión estaba permeado por el desierto de saberse sin esperanza y sin Dios, derrumbados los dioses míticos por la incredulidad y pérdida de confianza en la “religión política del Estado Romano” buscaban un nuevo camino y una nueva meta a donde llegar. 

«El mito había perdido su credibilidad; la religión de Estado romana se había esclerotizado convirtiéndose en simple ceremonial, que se cumplía escrupulosamente pero ya reducido sólo a una «religión política». El racionalismo filosófico había relegado a los dioses al ámbito de lo irreal. Se veía lo divino de diversas formas en las fuerzas cósmicas, pero no existía un Dios al que se pudiera rezar»[6]

El Papa Benedicto, resalta entonces la unión estrecha entre fe y esperanza, donde se conecta permanentemente el futuro con el presente y el presente con el futuro, como un puente que enlaza ambas orillas; en medio de aguas profundas e inexploradas, el acontecer de lo que se espera, sin que aun acontezca, ya está aconteciendo. De esta manera, el Papa medita la espera en Cristo, estando presente, pero a la vez, en espera a su llegada definitiva.


[1] Benedicto XVI «Encíclica. Spe Salvi, sobre la esperanza cristiana» n. 1 https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/encyclicals/documents/hf_ben xvi_enc_20071130_spe-salvi.html

[2] Rm 8,24

[3] Benedicto XVI «Encíclica. Spe Salvi, sobre la esperanza cristiana » n. 2

[4] Ef 2,12

[5] Benedicto XVI «Encíclica. Spe Salvi, sobre la esperanza cristiana » n. 2

[6] Ibíd., n. 5

Fuente imagen: Archdiocese of Miami