En esta Encíclica social el Papa Francisco, inspirado en San Francisco de Asís, reconoce la importancia de la fraternidad y la amistad social como un fundamento de las relaciones humanas, indispensable para acoger y compartir con otros el camino de la vida, sobre el cual la persona humana se sabe acompañada y asistida para alcanzar los anhelos, sueños, esperanzas que le llenan y dan fuerza; en momentos donde el deseo de muchos de confrontación y guerra se exacerba, buscando apartar a otros de sus propios ideales, cooptando y despojando la persona humana de su dignidad, integridad física y moral «frente a diversas y actuales formas de eliminar o de ignorar a otros, seamos capaces de reaccionar con un nuevo sueño de fraternidad y de amistad social que no se quede en las palabras»[1]. De tal manera, que la “Fratelli tutti” es un ejercicio de humanidad, si se quiere alcanzar una “civilización del amor” que, no siendo fácil, resulta necesaria para superar las brechas, desigualdades y vacíos espirituales que confrontan al ser humano.
A partir del «amor social» es posible avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos sentirnos convocados […] La caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo […] El amor social es una «fuerza capaz de suscitar vías nuevas para afrontar los problemas del mundo de hoy y para renovar profundamente desde su interior las estructuras, organizaciones sociales y ordenamientos jurídicos»[2]
La relación de la fraternidad y la amistad social con la esperanza inicia, en la visión de la Encíclica, paradójicamente con la desesperanza, con el deseo de algunos (países, organizaciones, personas) de sembrar condiciones tales, que terminan alterando el orden social, en cuanto buscan “Exasperar, exacerbar y polarizar” negando a otros el “derecho a existir y opinar” lo que conduce inexorablemente a la desconfianza y a la pérdida de legitimidad y legalidad entre quienes se amparan bajo esos parámetros destructivos, que no conducen mas que al declive de una sociedad herida de muerte.
«La mejor manera de dominar y de avanzar sin límites es sembrar la desesperanza y suscitar la desconfianza constante, aun disfrazada detrás de la defensa de algunos valores. Hoy en muchos países se utiliza el mecanismo político de exasperar, exacerbar y polarizar. Por diversos caminos se niega a otros el derecho a existir y a opinar, y para ello se acude a la estrategia de ridiculizarlos, sospechar de ellos, cercarlos. No se recoge su parte de verdad, sus valores, y de este modo la sociedad se empobrece»[3]
Pero resurge entonces, una esperanza, en medio del panorama sombrío, es crear y creer en una cultura del encuentro y la cercanía, que supere en la persona el deseo de encerrarse en sí mismo y en su mundo, para abrir su corazón y voluntad al servicio de otros, al encuentro cercano de quienes requieren ser integrados a una sociedad que les ha excluido; la fraternidad supera el propio círculo cercano de amigos, es una expansión hasta llegar a otros desconocidos, para que se sientan acogidos; y éstos, a su vez, otrora excluidos, incluyan a otros, sean cercanos a otros, generando en efecto, un círculo virtuoso de fraternidad y empatía. De manera que, no se trata de la constitución de círculos cerrados, que terminan ejerciendo violencia contra otros, por defender sus intereses individuales y particulares, atacando a quienes no piensan igual que ellos, o que no emplean sus etiquetas, ideologías, códigos… la Fraternidad social, en su máxima concepción se refleja en la solidaridad y en el amor, amor de amistad (philia), amor de compartir (agapé) no se puede confundir con el eros (erotismo), es un amor universal.
El Papa reflexiona sobre lo que considera los caminos de la esperanza «Porque Dios sigue derramando en la humanidad semillas de bien»[4], evocando la pandemia, que en medio de su tragedia, desafíos, sufrimiento, también fue una ocasión de aprendizaje, de aumentar la fe en Dios, de cimentar la esperanza sobre las bases sólidas de una confianza que nace del interior del ser humano, que no depende de sí mismo; allí, el Papa, encuentra en la figura metafórica de la sed, la representación de un querer colmar el hecho potencial en acto, que al no llegar a consumarse, contiene la fuerza potencial sobre la que se vierte un sentido de esperanza que une el espacio inasible, atemporal, con el espacio de las manifestaciones temporales.
«[la esperanza] Nos habla de una sed, de una aspiración, de un anhelo de plenitud, de vida lograda, de un querer tocar lo grande, lo que llena el corazón y eleva el espíritu hacia cosas grandes, como la verdad, la bondad y la belleza, la justicia y el amor»[5].
En consecuencia, el abordaje de la esperanza, es un resultado de la prueba, si hay certezas no se requiere esperanza, si todo se hace a la medida del ser humano allí no actúa la esperanza, ésta se expresa como dice el Papa en una sed, un deseo de algo que no llega, que no se tiene; en una aspiración, de que ocurra lo inesperado o lo esperado en tiempo futuro; en un anhelo de plenitud, donde el alma descansa, donde se sabe inundado de la luz una Luz que vence las tinieblas; un querer elevar la mente, el pensamiento, las obras, el espíritu, a los más grandes ideales que están soportados en la búsqueda de la verdad.
En la encíclica, Francisco invita a “caminar en esperanza”, encuentra que uno de sus impulsos vitales es la “audacia” no se puede caminar sin audacia, la cual busca superar las propias comodidades, seguridades, el afán de autosuficiencia, dejarse sorprender por algo más grande que sí mismo, su obrar “hace la vida más bella, más digna”. Al tiempo, que se presentan peligros en ese camino, que el Papa denomina “salteadores del camino” a quienes se encierran en sus seguridades y privilegios, para nutrir el desencanto y la desesperanza en otros «Se cierra el círculo entre los que usan y engañan a la sociedad para esquilmarla, y los que creen mantener la pureza en su función crítica, pero al mismo tiempo viven de ese sistema y de sus recursos […] así obra la dictadura invisible de los verdaderos intereses ocultos, que se adueñaron de los recursos y de la capacidad de opinar y pensar»[6]. De allí que, caminar en esperanza, no solo es ser testigos de ella, sino también mensajeros, profetas de esperanza, que abren los círculos al encuentro y la cercanía, que se dejan interpelar por el bien y la bondad.
[1] Francisco «Encíclica. Fratelli Tutti (2020)» n. 6 https://www.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20201003_enciclica-fratelli-tutti.html
[2] Ibíd., n. 183
[3] Ibid., n. 15
[4] Ibíd., n. 54
[5] Ibíd., n. 55
[6] Ibid., n. 75
Fuente imagen: Vatican Media